Vizcarra: El Político del Quinquenio

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El título no debe llevar a confusión. No es necesariamente el mejor, el más coherente ni el más demócrata. Pero Martín Vizcarra sí reflejó como ninguno el espíritu de estos tiempos salvajes en los que la democracia peruana ha caminado de nuevo al filo de la navaja.

Llegó a la plancha presidencial como la carta provinciana del viejo candidato gringo. No hizo buenas migas con la tecnocracia pituca que rodeaba al cuasi octogenario presidente y, en peruanísima ofensa, se sintió choleado. Midió con atención el desgaste de su jefe ante el embate fujimorista y, cuando lo supo abatido, se reivindicó como la carta del recambio constitucional.

Así como fue subestimado por Fernando Zavala, Susana de la Puente y compañía, el necio y arrogante fujimorismo creyó que lo iba a tener de presidente mayordomo.

Pero más que una consecuencia de la política peruana, Vizcarra era su síntoma. Es el político regional acostumbrado al chavetazo diario y sus quites como forma de sacarse de encima al adversario y sobrevivir. El modus operandi que se tomó finalmente la política nacional.

Las inmensas limitaciones de la hija de Fujimori ya se habían expresado con su negativa a transar con Kuczynski a partir del indulto de su padre y, en lugar de ello, redoblar los tambores de guerra para vacar al presidente. Luego, la envanecida mujer pensó que Vizcarra iba a consultarle para decidir si ponían los octógonos en los alimentos procesados. Y entonces Vizcarra se la pasó por encima. Como pasó con la “marea blanca” de PPK, el tsunami fujimorista de antaño se redujo a una olita donde no la vieron por ningún lado.

Vizcarra cultivó como nadie el efecto del caso Lava Jato en el Perú, con la clase política diezmada y enfrentado a la vieja guardia de la Fiscalía en el papel del árbitro defensor de la democracia. Parecido a Daniel Urresti desde otra perspectiva, bebió de la tonificante fuente del anti fujimorismo y el anti aprismo.

El referéndum de reformas constitucionales y la disolución del Congreso marcaron sus momentos rutilantes en ese estilo de administrar poder. En el primer caso metió de contrabando la prohibición de reelección parlamentaria, que no le sirvió a nadie más que a su popularidad, y en el segundo le volteó la tortilla a un Congreso que lo creyó derrotado tras sepultar su propuesta de adelanto de elecciones que, muy probablemente, habría sido lo mejor para el país.

Ya se sabe que de ahí vino su gran error de no invertir su popularidad para controlar el nuevo parlamento. Tener las grandes calaveras en el armario de su gobernación moqueguana mientras jugó sus partidos subrayan su audacia al punto de convertirla en lo que los españoles llaman morro y acá conocemos como una gran concha. Lo mismo para su ex primer ministro preso.

Con el truco ya visto a la luz del sol, su apuesta por llegar al Congreso vía Somos Perú solo confirma el ocaso. Es un político más en la búsqueda de tiempo y una cuota de poder para evitar la cárcel.

A poco de llegar al poder, Vizcarra se convirtió en el primer presidente que inauguró una feria del libro, lo que fue muy celebrado por la intelectualidad local. Suelto de huesos, con la provinciana naturalidad que tan buenos resultado le trajo, reconoció que el lector no era él sino su papá, el aprista. Y que el hábito lo heredó más bien su hija. Lo suyo era ir al cine. Fue ovacionado.

De repente algunas lecturas lo hubieran ayudado a encuadrar mejor su papel. O quizá le hubieran impedido llegar dónde llegó. Vizcarra fue, al fin y al cabo, el político peruano que mejor sintetizó su tiempo.

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