De Soto

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Foto: Lucidez

La foto autografiada que más me llamó la atención del museo que Hernando de Soto cura sobre sí mismo en un magnífico ambiente de su casa es una en la que aparece con Jeffrey “Skunk” Baxter, un gringo de tupidos mostachos reconocido como un sofisticado guitarrista de rock cruzado con jazz y soul en sus etapas con Steely Dan y los Doobie Brothers. Y, entre muchos más, es el responsable del reconocible solo en el cañonazo Hot Stuff de Donna Summer. Tan versátil era Skunk que terminó de especialista en misiles y consultor de defensa de la Nasa, desde donde recomendó incrementar el uso de satélites espías. Me imagino que Hernando lo conoció en su carrera alternativa.

Esa foto vino a mi memoria tras entrevistar al economista arequipeño en TV Perú a raíz de su cuasi postulación presidencial por Avanza País. Más allá de presidentes y premios Nobel, este retrato era el encuentro de dos excéntricos.

Sorprende la iniciativa de De Soto a los 79 años, escoltado por el millonario/coach Carlos Añaños. En los últimos tiempos ha estado entregado con todas sus energías a impulsar su propuesta para terminar con los conflictos mineros a través de un mecanismo para titular y valorizar internacionalmente los terrenos sobre los que están los ricos yacimientos. Es un modelo complejo que incluye la exhumación de la maraña legal peruana relacionada con los recursos naturales y la manipulación que de ella hacen los radicales. El asunto llega hasta el bitcoin. Pero sigue la línea de trabajo con los ejes que HDS ha vinculado en las últimas décadas: la riqueza y el progreso ocultos en la propiedad informal.

Los argumentos de sus críticos son conocidos. Provocador, poco afecto a la democracia, profesional del autobombo. Una vez me transmitió su perplejidad por no haber medido el rechazo que generaría en un sector de la sociedad su colaboración con Keiko Fujimori en 2016. Insistió en que el acuerdo estaba pensado como un vehículo para poner en práctica su programa. Y ahora da la impresión que a estas alturas prefiere tomar el timón entre sus propias manos. A pesar de haberse inscrito en este partido no descartó, por ejemplo, participar en una alianza. Por momentos parece que, más que anhelar el poder politico en sí mismo, busca una manera de aplicar sus modelos con las menores interferencias posibles.

Para responder a esos críticos argumenta que así como ayudó a reinsertar al Perú de Fujimori padre en el concierto internacional y contribuyó crucialmente con las reformas de primera generación, luego denunció insistentemente la corrupción de Vladimiro Montesinos. Dice que es de derecha, centro o de izquierda según el dilema que tenga al frente. Si no nos ponemos cínicos, suena a una política actual de sentido común.

Como quedará el Perú tras la pandemia, sus ideas fuerza de formalización, reforma del Estado y evaluación ciudadana permanente de la clase política pueden inyectarle un nuevo aire a la campaña. Pero solo si las propone con la emoción y economía conceptual de su amigo Skunk en sus mejores torpedos guitarreros.

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